Crónica IX Cartagena Trail


Nada hacía presagiar que, apenas una hora y media después de darse la salida desde la Torres Santa Elena, las risas y buenas caras que mostraba en la salida se tornaría en los peores momentos de mi corta carrera deportiva…

En el interior del autobús, con destino La Azohía, no parecía que fueran las 7:20 de la mañana. Y es que fluyen las conversaciones entre sus ocupantes, en mi caso, compartiendo asiento con Pablo, conversando acerca de la estrategia a seguir en carrera pues pretendemos mantenernos juntos cuanto sea posible.

El tiempo corre, apenas hemos desembarcado, nos cambiamos y nos dirigen a la línea de salida en el mismo momento en el que el alba empieza a mostrarse. Acto seguido, unas breves palabras de Toni Egea y un momento divertido con los dos drones que nos sobrevuelan. No hay tiempo para más, echamos a correr.

Datos de carrera: https://connect.garmin.com/modern/activity/970486793

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Nada más comenzar nos adentramos en una senda donde es muy complicado pasar, pero estamos muy bien posicionaros en salida y hemos apretado los primeros metros para propiciar esto.

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Pese a que los primeros 3,5 kilómetros son de ascenso prácticamente continuo, el ritmo es muy bueno, me siento bien y mis sensaciones son inmejorables, avanzo mucho sin gastar nada.

A ritmo de crucero nos acercamos a Castillitos donde, tras 1,6 kms de subida por asfalto, alcanzo el primer avituallamiento (km 7,4). Contra mis costumbres, paso de largo, no he consumido prácticamente nada del litro de agua que porto y no he probado la comida.

Una vez superado Castillitos realizamos una bajada muy cómoda y rápida camino hacia Cala Silitrona. En este tramo coincido con una chica (que no conozco) que sin tener cuerpo de corredora mantiene un ritmo espectacular, un ritmo que, por más que lo intento, no me permite darle alcance.

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Ya en la cala, kilómetro 11 y 1h08′ de carrera, el terreno pica hacia arriba, irremediablemente, y es en este terreno donde le cedo a Pablo mi puesto para que sea él quien tire de mí durante un tramo.

Todo transcurre según lo planificado, he tomado sales y aprovechamos el segundo avituallamiento, situado en el Cuartel de Bolete (km 14), para recuperar y comer algo de lo que allí se nos ofrece. Andamos un poco para seguir comiendo, llevo dátiles y pequeños bocados de nocilla, tiro de estos últimos pues no me apetecen los primeros y, desoyendo las recomendaciones de Pablo, comenzamos a trotar en seguida.

No ha pasado un kilómetro cuando comienzo a notar algo extraño en mi cuerpo, todavía no sé qué ni de dónde proviene pero es una sensación de pesadez. Llegamos a Cala Aguilar (km 16,5) donde nos preparamos para el inmediato ascenso a La Muela, no estoy preocupado ¿cuántas veces a lo largo de una carrera habré notado algo que al final se ha quedado en nada?

En el primer tramo de duro ascenso mantengo un buen ritmo pese al malestar y pese a que éste va en aumento. Coincidiendo con el segundo tramo de subida, comienza a dolerme todo el cuerpo, incluido las piernas, y empiezo a perder fuelle respecto a Pablo. Corredores rezagados me alcanzan con facilidad, pese a que todos vamos andando. Las fuerzas me han abandonado temporalmente, me siento muy flojo.

La subida a La Muela se me hace muy larga, siento que soy lento y esto se refleja en la cantidad de gente que me sigue pasando. Trato de tranquilizarme y pensar que esto es algo temporal, pero no visualizo una solución real. Comienzo a notar que es la barriga la que me falla y que, de alguna manera, me ha transmitido el mal estar al resto del cuerpo.

Antes de acometer el tercer y último tramo de ascenso me pasa Ángel Marín y me dice “o tú vas muy mal o yo voy demasiado bien”. No atino a decirle más que “no voy bien” pero, en realidad, él estaba haciendo un carrerón que terminaría en un primer puesto en su categoría.

A duras penas hago cima en La Muela, troto un poco pero necesito pararme. Bajamos las escaleras verdes y llegamos al avituallamiento donde me está esperando Pablo (¡¡para ponerle un monumento!!) y los compañeros de Runtritón que están de voluntarios.

Llego destrozado, no soy persona, no estoy, las fuerzas me han abandonado, el dolor de barriga se ha convertido en ausencia de apetito y angustia, estamos en el km 19 y empiezo a ser consciente de que podría tener que abandonar. Las piernas me pesan pero no es cansancio, es otra cosa, nunca antes había sentido esta sensación de vacío. Bebo agua, en realidad, me tiro la garrafa de 5 litros encima, y aun así no recupero nada, es un mal sueño del que espero despertarme pronto.

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La primera parte del descenso hacia el Portus lo hago bien pero la bajada es muy larga y cuando el terreno se estrecha mis piernas ya empiezan a sufrir. Estoy agotado y mi cuerpo no se mueve como yo quisiera, estoy apunto de irme al suelo en cuatro ocasiones en menos de 500 metros, bajo el ritmo pero con eso no basta.

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En el Portús (km 24) me está esperando Pablo, al que le pido encarecidamente que se marche y que luche por un buen tiempo, estoy lastrando su carrera y no hay motivo para que así sea. Es el momento de abandonar y lo sé, una vez pasado este punto me adentro en montaña y el abandono es más complejo. Pero de nuevo Pablo se pone a mi lado y me anima a seguir. Es él, de nuevo, el que consigue darme ese punto de valentía (o de locura) que necesito para tratar de aguantar otros 18 kms, los más duros.

Y así me encuentro subiendo el Roldán por Escarihuelas, no hay marcha atrás. Pablo se marcha irremediablemente y yo a cada paso pierdo más y más tiempo, con continuas paradas para dar descanso a mi maltrecho cuerpo y lamentarme por tanto sufrimiento. Empiezo a ser consciente de que esto no es más que una carrera entre aficionados en la que nada me juego, que mi vida es más importante que esta y que cualquier otra carrera. Y es que, irremediablemente, por mi mente empiezan a pasar los continuos tristes casos de fallecimientos en competición de los que se hacen eco la TV, casos que se dan a conocer cada vez con mayor asiduidad. Y como no merece la pena, aminoro aún más el paso, solo quiero acabar sano y salvo.

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Alcanzo el Mirador de El Roldán (km 29 y 4 horas de carrera) y comienzo a correr un poco sin forzar pues la angustia hace mella y el movimiento no me sienta bien.

Pese a mis esfuerzos la bajada hacia Fatares es lenta, completando muchos tramos andando. Una vez en la playa soy incapaz de hacer otra cosa más que arrastrarme, no puedo trotar ni siquiera andar a un ritmo vivo, estoy acabado… y pensar que aún me queda el ascenso a la Batería del Roldán me destroza psicológicamente.

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Comienzo el ascenso (km 32,5). Ando a duras penas unos metros y me paro durante segundos que me parecen minutos. Andrés Lledó me alcanza y, durante unos minutos, me lleva con él hasta que le dejo marchar, no va rápido soy yo que estoy muerto.

Sin saber muy bien cómo he llegado ni cuánto tiempo he necesitado, alcanzo la Batería de la Parajola, me pasa otro corredor y me dice “ánimo que el terreno pica hacia abajo” y no le falta razón en absoluto pero hace tiempo que no puedo hacer más que andar, la angustia cada vez cobra más fuerza y cuanto más tiempo transcurre más débil me siento, necesito comer para recuperar fuerzas pero mi estómago lleva horas sin permitírmelo.

Pese a todo sé que estoy cerca de conseguirlo, que para llegar a meta solo necesito conseguir ascender el Roldán hasta su Batería y, llegado a este punto, lo puedo conseguir.

El avituallamiento previo al último ascenso (km 35) es clave, coincido en él con José Ramón Barberá y su mujer y ella pide a los voluntarios Coca Cola. Por la razón que sea me animo a tomarla y noto que me sienta bien por lo que vacío 500 ml de Powerade y lo lleno de Coca Cola.

El ascenso no es sencillo en su primera parte, no soy rápido, pero aun así me siento mejor a cada paso que doy, más de 20 kms después parece que mis problemas desaparecen.

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Comienzo a recuperar alguna posición, alcanzo la Batería y la bajada la hago rápida, mis piernas empiezan a desperezar, muy tarde, sí, pero ahí están. Ya no paro, Canteras está cerca y, por unos pocos kilómetros disfruto de este deporte tan maravilloso, ese que hoy me ha dado la espalda y del que he tenido que probar su peor cara.

La llegada a meta es bonita, me espera mucha buena gente que me dan la enhorabuena pese a que hoy no ha sido mi día. Necesito el cariño de la gente y no me fallan, siempre están ahí.

Mi dedicatoria es especial, como lo han sido las llegadas de las dos semanas anteriores. Quizá arriesgué porque tenía que alcanzar la meta y hacer esta dedicatoria y, visto retrospectivamente, quizá fue una estupidez arriesgar, pero lo hecho, hecho está, y al final todo salió bien, nada malo pasó, pero me la jugué, ahora soy consciente.

Me quedo con lo positivo que es el gran compañerismo que reina en este deporte y que se hace evidente en mi club C.D. Runtritón en el que hay personas realmente maravillosas. Pero, a la vez, me preocupa, y mucho, mi tozudez y poca consciencia demostrada, máxime cuando durante un segundo, en el km 34, mi cuerpo se quedó completamente vacío, un segundo en el que creí que mi alma se despegaba de mi cuerpo y me recorrió un escalofrío que hasta el día de hoy recuerdo. No fue más que un instante, pero pasé miedo de verdad. Si algo he aprendido es que la vida es mucho más que una carrera.

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Una semana y media después de la carrera, deciros que ésta no me dejó agujetas alguna lo que confirma que, por lo que fuera, no pude exprimir mi cuerpo ni siquiera un poco. Además, aún sigo recuperándome de un proceso febril que se inició tres días después de la misma y, es posible, fuera uno de los motivos que influyeran en mi mal rendimiento ese día. Pero como os digo, lo realmente importante es que, pese a las erróneas decisiones tomadas ese día, ahora mismo estoy terminando de escribir esta crónica.

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2 pensamientos en “Crónica IX Cartagena Trail

  1. Brutal crónica esta amigo.
    Me has puesto los pelos de punta y las emociones a flor de piel. Eres un fuera de serie y leer estas palabras tuyas hacen presagiar que tuviste un mal cuerpo de cojones.
    Eres tú siempre el que da buenos consejos y se me hace difícil leerte y entenderte, lo tienes todo milimetrado.
    Lo que sí es cierto es que supiste encontrar el remedio a ese fallo desconocido.
    Enhorabuena, ejemplo a seguir.

    • Muchas gracias Juan por tu comentario, apoyo y ánimo. Siempre son de agradecer.

      Trato de plasmar, de la forma más real posible, lo que en una carrera experimento, ya sea bueno o malo, y esto me ha llevado en este caso a una crónica “agónica”.

      En 2016 esperemos, más y mejor…

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